Olía a flores muertas y de desinfectante. El pasillo era demasiado largo para el gusto de Toni. Sus pasos resonaban en el silencio. Se detuvo frente a una puerta y levantó la mirada. La habitación oscura de siempre. Suspiró y puso la mano en el pomo con la mano temblorosa. Abrió la puerta y vio a Martirio, allí esperándole, muy quieta en la silla.
-¿Y la doctora?
Martirio suspiró y se encogió de hombros.
—No ha legado, al parecer. —giró la cabeza a su dirección—. ¿Cómo te encuentras? ¿Mejor?
Toni se acercó más a ella. Un paso. Y otro más. Estaba a punto de decirle que en realidad no sentía que ninguna de las pastillas hubiera apretado; incluso se sentía más cansado que en un principio. Pero recordó su reflejo en el espejo.
—Sí, he mejorado mucho. La doctora tenía razón con lo que dijo.
—La doctora dice muchas cosas.
Toni rió sin humor. La sala se quedó en un denso silencio. Se acordó de que cercanos habían sido ambos. Desde que él tenía memoria, siempre habían estado juntos, inseparables… Toni sintió que una ola de recuerdos le golpeaba la mente.
—Y tú, ¿cómo estás?
—¿Desde cuándo te preocupas por mí? —le preguntó de regreso Martirio con un sonrisa irónica.
—Eres mí mejor amiga. —Toni no esperaba esa respuesta tan cortante.
—¡Qué mentira! —carreón con tono burlón. Toni no alegaba a comprender si era broma o un reproche—. Si ni siquiera te acuerdas mucho de mí.
—Eso sí se mentira.
—¡Jajajajajajaja! A ver, dime. ¿Qué día nos conocimos?
—Nos conocemos desde la infancia.
—¿Dónde, específicamente?
—¿Cómo debo saber esto con exactitud? —clavó Toni, algo molesto—. Fue hace varios años.
—Pues yo sí lo sé. —Martirio se acercó a Toni, con la mirada fija en su rostro.
Toni se dio cuenta de que los ojos oscuros de Martirio se parecían a los de la doctora.
—Nos conocimos en un armario.
-¿Un armario?
—Sí, Toni, en un armario. —repitió Martirio. Sus manos agarraron con fuerza los hombros de Toni, acercándole más. Lo descubrió como horror que la doctora estaba justo tras Martirio, con una mirada vacía, contemplando todo lo que estaba ocurriendo. Miró a Martirio y después a la doctora. Miró a la doctora y después Martirio. Por último, volvió a mirar los dos rostros de nuevo. Ya no sabía diferenciar quién era quien.
Otra ola de recuerdos le golpeó de nuevo. Este pequeño armario. Los gritos. Su madre. Acurrucado. Desesperación. Cono hambre y lágrimas. Allí apareció Martirio, prometiéndole que le acompañaría, que ella saldría a protegerle cuando su madre le pegaba de nuevo. Desde entonces no volvió a tener recuerdos de ella.
—Solo tengo doce horas todos los días. —Tenía los ojos rojos. Toni se asustó con su mirada. Una mirada de un crudo odio. Le escupió en la cara—. Se me hace injusto. Sólo doce horas, compartiéndolo con alguien a quien desprecie, durante merecimiento más. ¿Quién crees que puso en la muñeca? ¿Eh?…
Se quedó en silencio. Martirio notó un leve pinchazo en el hombro derecho. Se quedó en blanco y se dio la vuelta incrédula. La doctora le había inyectado algo como una jeringa. No tuvo tiempo de reaccionar. Murmuró algo en voz baja, sin poder creerlo. Traidora. La había traicionado. Había jugado sucio. Ingrata. Fueron ellas dos, juntas, las que concibieron toda esa idea. Pero sintió un mareo intenso en la cabeza y perdió el conocimiento. Miedo siempre.
Toni sentía un sudor frío en la espalda. Se desplomó en el suelo. Un escalofrío le recurrió toda la columna vertebral. Por primera vez desde que apareció Martirio en su mundo, sintió miedo. No fue capaz de reaccionar, ni de ponerse de pie. Tenía boca, pero el nudo en la garganta no le permitía gritar. «¡Asesina! ¡Una asesina!». Parecía. El corazón le latía como si tuviera que terminar el mundo. Se arrostró hacia la puerta. Tocó el pomo. Pienso en abrirla y salir corriendo. Hasta que escuchó un leve pinchazo en la pierna.
Se giró desconcertado. La doctora le sonreía de forma amable. Le habían inyectado con aquella jeringa que tanto temía. Quería insultarla y pegarle patadas de la forma más violenta posible. Se arrepintió de no haberlo hecho cuando tuvo la oportunidad de matarla a sí mismo. Y así, con toda su resignación, Toni cerró los ojos.
La doctora miró a los dos cuerpos con indiferencia. Paseó tranquilamente por la sala hasta llegar a la mesa. Allí yacía la tarjeta "Anna K.". Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de forma sincera. Se quejaba de doce horas cuando ella tenía diez minutos. Nunca había tenido un número; vivía bajo la sombra, en la penumbra, pero ahora podía vivir sin compartir tiempo con otros dos. Vivir miedo y para ella. La vida nunca le pareció más bonita. Dejó caer las lágrimas.
Una sentimental, una malvada sentimental.
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